Español / English 22:58 ; viernes 24 mayo 2019

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Ensayo del libro "El oficio de vivir"

Los títeres de cachiporra

Una platea. Dorados, terciopelo y cortinajes. Los espectadores son títeres. Con esta carátula se abre el telón. Estamos en casa. Los personajes son los actores que son también el público que a su vez está dentro y fuera del escenario. Teatro dentro del teatro. Sin artificios culturalistas. Con la voz indiscutible –poca réplica admite- del Títere de Cachiporra: cuando siglos de teatro se destilan y quedan reducidos a su quintaesencia por obra y gracia de la mano del titiritero: generaciones de experiencia destilando teatro a través de los años de oficio.

Ese oficio de la cachiporra se aprende como toda la ciencia verdadera: a cachiporrazo limpio. Es una experiencia, un saber, un estilo, un espíritu. Se tiene o no se tiene. Y se da la paradoja de que la mayoría de los titiriteros modernos no lo tienen. ¿Por qué no? Pues porque se han vendido a la blandura, a la pedagogía, a la hipocresía de los mensajes bienpensantes y aleccionadores, a la banalidad mediocre de lo que se entiende por moderno, correcto y progresista: la no violencia de las formas –que esconde guerras fraticidas en su seno-, el trato no agresivo –que oculta su doble feroz- y, en general, el contorno pulido y sin aristas –que moldea al espíritu en la molicie-. La cultura “light” del teatro escolar.

Si el títere es síntesis de vida –de un personaje, de un mito, de un defecto, de una virtud...-, este teatro de títeres que reniega de la cachiporra es síntesis de nada, de vacío. Por eso aburre al público: los niños se lo meriendan con pataleo y recochineo, y los adultos aprovechan la ocasión para leer el periódico. Consiguen que los adolescentes renieguen de este arte y prefieran la calle –lo que constituye su única ventaja-.

Pero volvamos al principio. Se levanta el telón y aparece un decorado de Las Mil y Una Noches. Los títeres hablan con el desparpajo que se espera de ellos. Se va al grano. Las caras son caricaturas del carácter de los personajes. El cartón petrifica el psicologismo del teatro de actor. Gestos cortos y precisos. A veces, el movimiento se acelera como en el cine mudo. Los decorados son genuinamente teatrales: cartón piedra, telas pintadas. Cuatro frases definen la situación. Todo rezuma síntesis. Es la llamada “Dramaturgia de Cachiporra”, cuyas características son: 1-economía radical en la manera de presentar y desarrollar el tema o la historia, con argumentos reducidos a su quintaesencia argumental. En ellos, solo lo esencial importa, lo demás sobra; 2-economía radical en la acción escénica, en los movimientos, en la manipulación, mediante un ritmo coreográfico generalmente trepidante que puntúa el discurso con trazos simples pero vigorosos; y 3-economía radical en la escenografía, que aparece reducida a lo indispensable, en un pura síntesis figurativa mediante un uso descarado de las convenciones típicamente teatrales.

Pero aquí no hay retablo sino televisión. Y el televisor es una ventana indiscreta al interior del mismo teatro, que a su vez es teatro dentro del teatro...

La historia no se anda con rodeos. La Sherezade de los cuentos de leyenda, en su papel de nodriza del Sultán, nos cuenta como Fátima es raptada por Alí Baba y sus cuatro ladrones (síntesis obliga) ante la presencia oculta de Aladino que se junta con Simbad para rescatar a Fátima, la novia de éste. En la cueva del mítico ratón, tesoros mil y una lámpara cubierta de polvo. El Genio acecha y surge a la de dos. El desenlace está planteado: alfombra voladora como vehículo y primer deseo, elefante sacado de la manga para sacudirse a los esbirros del ladrón como segundo deseo, y la liberación de Fátima para el tercero, no sin pelea a muerte entre Simbad y Alí Baba. Todo en trece minutos, lo que dura un capítulo de serie.

El formato televisivo –esos trece minutos de rigor- casa con el espíritu titiritil de la cachiporra (destello, síntesis, economía). Pero la cámara y los trucos de rodaje ensanchan el hilo esquemático del argumento y crean en la imaginación del ojo espectador un mundo espectacular de perspectivas y profundidades. Los decoradores, tratados con artesanal preciosismo y lujo de detalles  se ofrecen como dioramas que permiten a los títeres entrar y cruzar por ellos. Un tratamiento cinematográfico de planos primeros, medios y generales consigue dar a los personajes y a la acción una realidad y un ritmo que jamás el teatrillo fijo permite. Luego está el uso de los efectos especiales, de una iluminación al servicio de la historia y del decorado, y una banda sonora rica que acompaña y puntea la acción con eficaces efectos sonoros.

Las voces no traicionan el espíritu titiritil sino que lo acentúan. Sobre todo las femeninas y más aún cuando chillan o lloran: recuerdan el viejo sonido de la “lengüeta”, la voz característica de Pulcinella o del Cristóbal español. Y los diálogos no dudan en recurrir al desparpajo, al despropósito metafórico, a la broma chispeante, a mezclar los tiempos históricos sin confundir la acción.

Don Juan se llama aquí “de los infiernos”: el diablo quiere representar el famoso papel y para ello decide “subir arriba” y apropiarse del personaje. Los planos metateatrales se multiplican: a la platea de los espectadores y al propio escenario se suman ahora las interioridades ocultas del teatro: el mismo despacho del empresario o los arribas de los telares donde los maquinistas suben y bajan telones. Los tres planos, junto con el infierno –sin duda situado en los mismos sótanos del teatro- se cruzan entre sí y sirven para explicar esta versión de Don Juan en trece minutos. Capítulo aparte es el elenco monjil habitante del convento donde se desarrolla la acción. Aquí se bebe en las fuentes burlescas y transgresoras del teatro popular de todos los tiempos. La Madre Superiora, con voz de carretero aflautada, disimula apenas su adicción al desayuno con cazalla. En cuanto a Inés, los colores de sus labios y mejillas delatan una vida interior de alto voltaje más relacionada con las cosas de la tierra que con las del cielo. Don Juan se parece más a un Juan Cornudo que a un Juan Diablo. En fin, cuando parece que la escena del sofá está lista para que Inés se zampe al galán luciferino, cae el maquinista de los telares y todo se viene abajo: los espectadores tiran tomates, el empresario los recibe en la cara y el diablo se refugia en casa huyendo de un mundo de arriba que, habitado como está por esos seres llamados títeres, es más peligroso que el mismo infierno.

Pero donde la síntesis cruel y desnuda del Títere de Cachiporra destaca con mayor autoridad es en la historia de Caperucita. Un tema que parece sacado de las entrañas más arcaicas y truculentas del inconsciente colectivo de la especie. No es raro que Maese Travieso, deseoso de conectar con la tradición titiritil por excelencia, lo haya escogido para su repertorio. La presentación del señor Lobo, con un rabo que se menea con oscilaciones no muy recatadas, parece indicar al principio que las cosas irán por vericuetos freudianos de tipo “escarceos amorosos de tercer grado”. Pero no, Maese Travieso no se somete al psicologismo. Decidido a agarrar el toro por los cuernos, la historia se desarrolla sin piedad alguna. Y para hacerla llevadera, se exagera la crueldad hasta la parodia de sí misma: tras el banquete del Lobo, sucede el sanguinario desenlace del Cazador que con su navaja libera a las comidas-cautivas. Nadie escapa de la carnicería, pues hasta los espectadores se despiertan de las representación-pesadilla salpicados con espectaculares manchas de la sangre del lobo sacrificado... Teatro del terror como sólo los títeres se permiten representar sin ofender la salud física, mental y moral de niños y adultos, por mucho que los moralistas mojigatos de turno se empeñen en querer demostrarnos lo contrario.

En La Enciclopedia de las Luces, Maese Travieso se sitúa en la Historia y nos cuenta uno de sus momentos más iluminados y determinantes: el siglo XVIII, llamado de las Luces, en París. Los personajes libertarios son aquí Voltaire, Diderot, d’Alembert y Mademoiselle Liberté. Los malos ridiculizables son los monarcas franceses, últimos representantes de una dinastía subida al carro del dios sol, con su correspondiente borrachera de Absoluto que despertará en la guillotina, y su corte de aristócratas y aduladores. ¿Qué es la Enciclopedia y cómo nació? Véase este capítulo y se saldrá de dudas en trece minutos. El elemento paródico no podía faltar y consiste en este caso en la metáfora definitoria del siglo que aquí toma realidad física: esas Luces que iluminan en XVIII Ilustrado surgen efectivamente como si fueran los destellos de la literna de un dios caprichoso, para regocijo de los “iluminados” que las saludan con progresista y inconsciente beatería, pero recibidas con enojo por los absolutistas, que se protegen de ellas como si fueran diablos perseguidos por molestos vatios de luz santa. Al final hay estacazo metafórico: los “malos” salen cargados con quilos de cultura, la famosa Enciclopedia que aplasta a los aristócratas y los convierte en el hazmerreír del pueblo de París.

He aquí varios ejemplos de cómo el lenguaje de la Cachiporra abre el teatro al mito. Leyendas seculares, mundos ocultos, personajes arquetípicos, miedos colectivos salidos de fases arcaicas de la especie, haces de luz de un siglo que insiste en llamarse iluminado... El mito mana de la fuente del teatro de Maese Travieso que abre sus grifos con cada historia que cuenta, desgranando capítulos y personajes. Un viaje a los orígenes, a los referentes primordiales de la tradición y del oficio, mediante un proceso de reducción y depuración de contenidos y lenguajes.

Carmelo Hernando ha buscado “una nueva fórmula de televisión apta para todos los públicos” y, por los resultados obtenidos, parece que lo ha logrado. Su truco es haber recurrido a los títeres y más concretamente a la vieja escuela de la Cachiporra. Impregnarse de su espíritu fresco y libertario, de sus voces arcaicas que hablan directamente al espectador sin los subterfugios de la blandenguería infantiloide de lo pedagógico ni los devaneos tramposos de los psicologismos de culebrón. Sus capítulos son pequeñas bocanadas de aire fresco. Los que tienen niños pueden dormir tranquilos: las historias de Maese Travieso serán para ellos un bálsamo de vitalidad sana. Para los adultos, unos aconsejables minutos de relajo y desintoxicación.

TONI RUMBAU
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