Español / English 16:28 ; sábado 25 mayo 2019

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Artículo sobre el libro "Miedo al Arte"

La Crónica: El último dadaísta

Vuelvo a Barcelona después de pasar 10 días en Sitges, felizmente alienado por el festival de cine fantástico, y descubro, una vez más, que la realidad supera con creces a la ficción. ¿No muestra a caso los mutantes detenidos durante el Día de la Hispanidad un efecto mucho más terrorífico que el de los encantadores zombis de una película como Braindead del neocelandés Peter Jackson?

Hasta el delirio religioso del mundo real supera al del cine. De acuerdo, en Sitges pasaron una lamentable película de Nicolas Roeg llamada Cold heaven que se las traía (su tesis, por lo que pude entender, consistía en que si una mujer engaña a su marido, la mismísima Virgen María torturará al cornudo de una manera despiadada hasta que la adúltera decida reconstruir su feliz hogar), pero esa fantasía teológica no es nada comparada con la de esa asociación que propone la beatificación de Gaudí y asegura que tuvo una muerte santa (¿estaría el tranvía bañado en agua bendita?).

Cuando volver a la realidad consiste en sumergirse en la irrealidad, es necesaria una cámara de descompresión que nos prepare para lo que nos espera. Afortunadamente para mí, esa cámara de descompresión me esperaba en la redacción de este diario en forma de experimento artístico. En él me zambullí cuando observé que la lectura de los periódicos amenazaba con deprimirme considerablemente y propulsarme al videoclub en busca de la obra completa de David Cronenberg (no se pierdan, por cierto, su película The naked lunch si algún día la estrenan).

La cosa se llama Miedo al arte y es obra de Carmelo Hernando, un hombre que lleva muchos años experimentando con el fotomontaje y que acaba de reunir en una especie de voluminosa baraja de tarot sus principales logros al respecto. De acuerdo, podía haber presentado su obra en forma de libro, pero entonces no habría sido ese extraño objeto que, en palabras del autor “sirve para jugarse la vida, adivinar el presente, prevenir el pasado, echar las cartas y hacer solitarios”.

La baraja de Carmelo Hernando, compuesta de 90 naipes, ofrece otras tantas imágenes delirantes de una irreal realidad que, gracias al recorta y pega inherente al fotomontaje, tocan diferentes teclas de nuestro subconsciente y nos recuerdan que el arte, como ya intuyeron los dadaístas, puede ser tremendamente divertido y un punto inquietante.

Lo real da más miedo

Las imágenes de Carmelo Hernando se mueven entre estos dos sentimientos. Puede que ver a Copito de Nieve subido a la Sagrada Familia lanzando aspavientos dignos de King Kong nos haga gracia, pero esa mujer que manipula su pubis cibernético con aspecto de microchip es más propia de una pesadilla que de una comedia. En cualquier caso, recorrer la baraja de Carmelo Hernando supone asomarse a un mundo manipulado en el que las imágenes más contrapuestas pueden convivir tranquilamente. Nuestro hombre, como una máquina trituradora, devora todo lo que ve, lo recicla, lo mezcla, lo altera y lo vomita para nuestro particular disfrute.

Tal y como están las cosas, todos deberíamos salir de casa con una baraja del señor Hernando en el bolsillo. Atrapados en un atasco, mientras la voz del taxista y la de Encarna crean un sensurround inaguantable, podríamos recorrerla y utilizarla como lo que realmente es: una cámara de descompresión portátil creada para facilitar la siempre azarosa existencia del urbanita moderno agobiado por una realidad más fantástica que la ficción. A pesar de que la obra se llame Miedo al Arte, todos sabemos que lo que no artístico, lo real, da mucho más miedo y resulta considerablemente menos sugerente.

RAMÓN DE ESPAÑA
© Ramón de España
© EL PAÍS, 16 de octubre
Barcelona, 1992