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Texto de Ramón de España en el libro "El oficio de vivir". 1998

OTRO TIEMPO, OTRO LUGAR

La Barcelona que descubrió Carmelo Hernando al final de los años 70, tras abandonar Madrid, no tenía mucho que ver con la actual. A esa Barcelona con barrio chino y sin demasiado diseño aún llegaba gente interesante procedente de otros puntos de España. Y se quedaba. Cuando Carmelo instaló en mi ciudad sus reales, no hacía mucho que habían hecho lo propio personajes como Nazario u Ocaña, y aunque el paso del tiempo siempre traiciona en nuestra mente la realidad, lo cierto es que uno recuerda esa Barcelona como un lugar tan caótico como divertido en el que los foráneos eran bienvenidos y se toleraba que cada uno hiciera de su capa un sayo. Hoy día, Barcelona sigue siendo un decorado agradable, sin nada que ver con la tensión que rige la vida de la capital de España, pero a veces resulta todo tan suave y mediterráneo que uno se siente como si viviera en Liechenstein o algún otro aburrido enclave de la Europa rica y burocrática.

O yo no me entero de nada (lo que también podría ser, ya que a mis 42 y bebiendo casi exclusivamente Vichy Catalán no tengo una vida social precisamente intensa) o a Barcelona ya no se desplazan personas como Nazario u Ocaña. O como Carmelo, sin ir más lejos. Los que siguen aquí lo hacen porque así lo han decidido y porque, insisto, en este puerto del Mediterráneo la vida es plácida, la comida sana y las personas, por lo general, suaves, pero no parece que las tropas de refresco estén en camino. Probablemente, lo que sucedió en la segunda mitad de la década de los setenta es irreproducible en la actualidad.

Entre 1975 (año de la defunción del Caudillo) y 1980 (año de la toma del poder por otro caudillo, aunque democrático, Jordi Pujol), Barcelona se pareció mucho a una ciudad sin ley. Nadie sabía exactamente por dónde iban a ir los tiros en los años por venir y todo el mundo disfrutaba de una libertad recién adquirida y hacía lo que le pedía el cuerpo. Son los años de una Barcelona ácrata en la que Mario Gas, al mando del teatro Diana, montaba unos cirios lúdico-teatrales de no te menees. Los años en que Ocaña y su cuadrilla de degenerados y pervertidos sexuales deambulaban por la Rambla haciendo el ganso a conciencia. Los años en que el rockero anarquista Oriol Tramvía (quien actualmente regenta una droguería envuelto en una inmaculada bata blanca) encabezaba rebaños de piojosos que se meneaban en la entrada del Liceo y arrojaban huevos y hortalizas a cualquiera que se hubiera puesto un “smoking” para roncar en su palco. Los años en que, muerto el general, reinaba la sensación de que todo estaba permitido.

Unos años que, como todos sabemos, terminaron bruscamente cuando llegó el comandante Pujol y mandó parar. Ya habéis hecho el bestia lo que habéis querido, nos vino a decir nuestro emprendedor presidente, ¡ahora a trabajar, pandilla de gamberros! Y así empezó la larga era convergente que no lleva visos de terminar de un momento a otro. Sólo los socialistas más optimistas se ven ocupando la Generalitat. El común de los catalanes nos hemos hecho a la idea de aguantar a Pujol hasta mediados del siglo XXI.

Como aspirante a artista en una ciudad que no era la suya, Carmelo encontró un ambiente propicio a la creatividad. Todo lo cutre que se quiera, pero estimulante. Para empezar, alguien interesado en la imagen y el grafismo, como nuestro hombre, tenía a su disposición un tipo de prensa que hoy ya no existe, una prensa alternativa en la que se podían tratar temas alejados del “mainstream” respetable y, por consiguiente, susceptibles de un tratamiento conceptual y gráfico distinto al habitual. En ese gueto de aspiraciones “undeground” encontraba uno revistas como Ajoblanco (que no tenía gran cosa que ver con su actual reencarnación de biblia para modernillos, ecologistas, okupas, insumisos y demás elementos disolventes y mortalmente aburridos), Disco-Exprés (que financiaba el promotor de conciertos Gay Mercader y en la que las aventuras de Makoki coexistían con los primeros cuentos de Quim Monzó, firmados con seudónimo), Vibraciones (boletín rockero creado por Ángel Casas cuando aún no se había convertido en nuestro Johnny Carson) o Star (lo más subterráneo de lo subterráneo, evolucionado del tebeo “underground” a publicación de cultura alternativa).

En Star publicó Carmelo algunas estupendas portadas y, si la memoria no me falla, alguna historieta que delataba la influencia francesa Chantal Montellier. Star era una revista bien curiosa. Su director, Juan José Fernández, era el hijo de un editor de tebeos y novelas populares (Fernández padre era alguien que no tenía el menor empacho en meter en la misma colección “El capital” y pseudo-pornos protagonizados por lesbianas nazis), y dispuso del dinero de papá para fabricar una publicación a su gusto. Por ella nos dejamos caer un montón de gente que hoy día trabajamos para empresas serias. Y por ella pasó Carmelo cuando andaba buscando su camino.

Tanto Star como Disco-Exprés pasaron a mejor vida en 1980, año de la instauración del pujolismo. Entiéndanme, no es que el presidente en persona las cerrara, pues ambas publicaciones tenían problemas económicos, pero no deja de parecerme simbólico que desaparecieran justo cuando aquí se empezaba a poner orden, cuando la ópera volvía a estar de moda entre los modernos, cuando Oriol Tramvía iniciaba su camino hacia la droguería. En ese año, periodísticamente hablando, se empezaron a sentar las bases de la situación actual, cuando no existen términos medios entre los extremos, cuando entre El País y un “fanzine” doméstico no hay absolutamente nada. No sé que pensará Carmelo al respecto, pero yo creo que es una lástima el hecho de no encontrar en los quioscos publicaciones en las que un aspirante a artista (el señor Hernando) y un aspirante a escritor (quien esto afirma) pudieran foguearse mientras se iban fabricando a si mismos.

Los ochenta fueron una década tan confusa como la anterior, pero con bastante menos gracia. Fueron los años en que muchos vimos como algunos de nuestros amigos la palmaban de una sobredosis o se convertían en unos “yuppies” despreciables. De Norteamérica llegaba el culto al dinero y al éxito fácil. En Madrid languidecía una movida auspiciada por el poder socialista de la que sólo quedarían algunas películas de Pedro Almodóvar y algunas canciones de Santiago Auserón o de Fernando Márquez. Barcelona quedaba sepultada por una oleada de diseño mientras se nos vendía como cultura lo que no era más que moda de la que pasa de moda. Y para acabarlo de arreglar, eran legión los que se destrozaban el tabique nasal con cocaína, la droga de los idiotas.

En los ochenta nos hicimos mayores de repente. ¿A lo bestia? Más bien como Dios nos dio a entender. Algunos entraron en los noventa estupendamente (pienso en Javier Mariscal, la persona a la que mejor le sienta el dinero de todas las que conozco), otros se idiotizaron o burocratizaron (no diré nombres) y los más se encontraron sobreviviendo facturas de casas en las que ya no vivían y pensiones para hijos a los que sólo veían los fines de semana.

Carmelo fue de los que supieron utilizar los años ochenta para seguir fabricándose a sí mismos, para ampliar sus horizontes artísticos y para caminar hacia su encarnación actual: la de un artista con un pie en diferentes medios que ha sabido asimilar todo tipo de influencias para crear una obra propia y multidisciplinaria de indudable interés.

La Barcelona en la que se empecina en seguir viviendo ya no es la misma que descubrió hace veinticinco años, pero Carmelo, como muchos de nosotros, ha aprendido a crecer con ella y a mantener al respecto esa actitud de amor-odio que distingue a los auténticos barceloneses. Y, lo que es más importante, se ha convertido en el artista que quería ser cuando esa ciudad era un circo de tres pistas del que aún no se había hecho cargo Jordi Pujol.


© RAMÓN DE ESPAÑA
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Logroño, 1998
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