Español / English 20:34 ; viernes 17 agosto 2018

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Texto de Pilar Vélez Vicente en el libro "El oficio de vivir". 1998

Del fotomontaje al enciclopedismo

Carmelo Hernando, artista y artífice a la par. Probablemente ésa es una de las denominaciones que más pueden complacerle, sobre todo en un momento en que aboga por la recuperación de procedimientos y temáticas de etapas históricas pasadas, que le ofrecen un amplio espectro de posibilidades.

Sin embargo, ése es el final al que deben conducirnos estas líneas. Retrocedamos, pues, ahora hasta los años ochenta. Carmelo Hernando es sinónimo de diseño gráfico y especialmente de fotomontaje, campo en el que se le reconoce como uno de los principales autores españoles [1]. El mundo de la prensa y el cómic, así lo corroboran.

Si, abriendo un paréntesis, nos adentramos en la historia de las artes gráficas ya reproducibles, podemos distinguir entre una etapa, de casi cinco siglos, en que para hacer realidad una imagen impresa se necesitaba una matriz tangible –ya fuera xilográfica, tipográfica, litográfica, etc.-, producto de unas manos expertas, que permitían su reproducción hasta cifras notabilísimas, y una segunda etapa en que dicha matriz se convertía en algo intangible, aunque apto para ser reproducido. Dicha intangibilidad, no exenta de una cierta magia, nació con la fotocomposición para llegar hasta la actual sublimación virtual que comportan los medios informáticos, los cuales no cesan en su veloz y constante autosuperarse.

Carmelo Hernando, a partir de esta tecnificada oferta, ha llegado a crear una obra de la cual puede ya no restar un original que posibilite una segunda reproducción. Es ese contrasentido artístico que ofrece un “unicum”, un monotipo podríamos decir usando términos del mundo del grabado, a pesar de ser fruto de los más complejos medios de reproducción. Reproducción, sí, pero una sola obra. Es decir, el artista, Hernando, aprovecha un sistema, como podría usar cualquier otro, para lograr su cometido, para hacer realidad su concepción original. Se trata, por tanto, de dar un nuevo sentido a las posibilidades reproductoras, después de haber asumido que la serie puede ser tan valiosa como la obra única. Es un paso más allá, un volver a cerrar el círculo por el polo opuesto.

Porque Carmelo Hernando constantemente se supera a sí mismo, supera a ese autor de los fotomontajes que partía de un copioso material gráfico real, fundamentalmente extraído de la prensa, con todo lo que ello le condicionaba respecto al resultado final –formato color...-. Obsesionado por la imagen, llega a formular su propio universo, a base de utilizar sin complejo alguno los más sofisticados procedimientos, si cabe, de la actual tecnología gráfica. Su trayectoria, pues, en este sentido, conceptualmente hablando, se nos muestra como una síntesis del proceso de reproducción gráfica que cuenta ya con más de seis siglos.

Y no sólo eso. Porque, en paralelo, una vez llegado a dicho estadio, surge un Hernando pintor que, recreándose a menudo en motivos iconográficos de su obra anterior, cultiva una vertiente muy especial: pintar la fotografía. A partir de una emulsión fotográfica que imprime sobre la tela, aplica luego la técnica pictórica convencional –usa el acrílico-. La fotografía no se valora ya por su vertiente documental, ni es la base para una creación pictórica posterior, sino que constituye parte de la misma obra, es indisoluble de ella. No obstante, dicho estadio no deja de ser una recreación de su trayectoria anterior, ya que mucho más innovador es todavía su siguiente paso: pintar la cuatricromía, tarea en la que se enfrasca hacia 1985.

Se trata ahora de descomponer el color y de reinterpretar una imagen, a partir de la ya establecida descomposición cuatricrómica industrial. Hernando actúa como un nuevo impresionista que, más allá de lo que nuestra vista ve y nuestro intelecto parece aprehender, hurga en ese entramado interno que nos permite adueñarnos del mundo de las imágenes. Este proceso tiene lugar mientras paralelamente cada vez se inclina más por lo virtual, producto de su incansable investigación en el campo de la tecnología gráfica.

Sin embargo, sin prescindir de todos esos medios, hacia finales de los ochenta, se inicia un nuevo camino hernandiano. Casi como si de una revelación se tratara aunque probablemente debía de ser el resultado de una lenta y cuidada destilación, Carmelo Hernando pone en marcha un resorte que le inicia en un personal análisis de la cultura del pasado, hecho que él suele relacionar con su especial “encuentro” con la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert. Y como los enciclopedistas franceses, aún demasiado poco valorados desde la perspectiva técnico-artística y tan ensalzados en cambio desde la óptica filosófica, Hernando se propone un análisis de los procedimientos y sistemas empleados a lo largo de los siglos en el mundo occidental para llevar a cabo la producción de los más diversos objetos y/o proyectos que han satisfecho las necesidades, llamémoslas culturales, de nuestra sociedad.

Sin duda, la parte más original de la Encyclopédie era la destinada a las artes mecánicas, tratada con gran rigor por D’Alembert. Ya en su Discurso Preliminar, éste avanzaba el objetivo de tan magna obra: por una parte, como enciclopedia debía exponer el orden de los conocimientos humanos; como diccionario razonado de las ciencias, de las artes y de los oficios [2], debía contener la información más completa y útil posible sobre todo ello. Para conseguirlo, especialmente por lo que respecta a las artes mecánicas –esas que ahora tanto interesan a Hernando- , teniendo en cuenta que hasta entonces casi nadie se había ocupado de escribir a fondo sobre ellas, hacía falta recurrir a sus artífices. Era tal la ignorancia sobre el tema por parte de los hombres de letras –los responsables de l’Encyclopédie- que la única solución posible era acudir a sus mismos protagonistas. Ésa es una de las grandes aportaciones de la obra, puesto que de este modo, gracias al texto y a sus documentadas láminas, actualmente conocemos cómo se trabaja en tantas y tantas especialidades.

Hoy Hernando, con el mismo espíritu de D’Alembert, recupera modos y técnicas del pasado, algunos ya desaparecidos o próximos a desaparecer, con la intención de realizar una obra de calidad y mantener vivos unos procedimientos que cierta anónima y masiva seriación han arrinconado cuando no aniquilado, considerándolos ya obsoletos. Además, en su obra se suma a esa intención que me permito denominar técnica, en su sentido más etimológico (Téchne=arte ), una curiosidad cultural, temática, que responde al conocimiento de las cosas, a la ciencia. Es decir, sin duda, su vocación es enciclopedista puesto que convergen en ella las dos vertientes –téchne y epistéme-, esas dos ramas fundidas por primera vez en la magna Encyclopédie.

Las realizaciones de los años noventa de Carmelo Hernando están llenas de recursos del pasado, eso sí, adaptadas a las necesidades de nuestro fin de siglo. No se trata de una copia, sino de una reinterpretación y/o adaptación técnica siempre acompañada de un trasfondo histórico cultural. Quizá podríamos acusarlo de sublimar el pasado, de ofrecerlo de manera restringida, apto tan sólo para una élite. Pero su intención es distinta. En su recuperación aparentemente “selecta” y/o “selectiva”, Hernando pretende ofrecer un producto que “enriquezca” su vida y asimismo la vida de su público potencial. De ahí que sus obras, desde las más intimistas hasta las de mayor divulgación, trasluzcan ese espíritu [3].

Por otro lado, el afán enciclopedista de Hernando no le impide ser a la vez artista y artífice o artífice y artista, como se prefiera. Del mismo modo que en esta ocasión es el homenajeado en su exposición y catálogo antológico, es capaz también de poner su capacidad de discurso intelectual y diseño objetual al servicio de otros fines o de otros artistas. Su vocación hoy es, pues, enciclopedista. No es extraño de todos modos, porque su proceso responde a la realidad de las últimas décadas. Mientras los fotomontajes obedecían a un momento socio-cultural determinado, su obra actual responde también a la mirada del presente. La sociedad se mueve en otras lides. A las puertas del siglo XXI, las directrices son otras.

En definitiva, Carmelo Hernando, como señalaba al inicio de estas líneas, es artista y artífice a la par. Su vocación enciclopedista lo demuestra y su obra lleva el camino de consolidarlo en esta vertiente.


© PILAR VÉLEZ VICENTE
© Fundación Caja Rioja
Logroño, 1998
I.S.B.N. 84-89740-13-5
D.L. LR-247-1998


[1] Otros autores en este mismo catálogo se ocupan con detenimiento de esta faceta.

[2] Recordemos que el título completo de la obra es Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, en diecisiete volúmenes de texto y once de láminas.

[3] Véase, si no, su reciente Libro de Mercaderías.