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Texto de Mercè Ibarz en el libro "El oficio de vivir". 1998

Osoxile el contrabandista. Ideas, usos y afectos

Escenario: Peligro con Venus. Una de las fronteras del tonificante barrio de Gracia barcelonés. Un hombre trajeado y calzado con impecable estilo ejecutivo, cartera en mano, levanta el brazo libre, en cuya muñeca luce un igualmente impecable reloj mercurial, y pulsa el timbre de unos bajos a los que accede por una puerta laminada en metal gris, coloreada con un rojo grafito ilegible. Una placa minúscula indica el nombre del local, Osoxile. El ejecutivo ha llamado decidido, sabe donde va. Un pulsador interior abre la puerta y el hombre entra. Baja atento las escaleras y pregunta por Carmelo Hernando, a quién hace dos días pidió una cita no tanto urgente como, para él, necesaria. Es un alto ejecutivo encargado de la publicidad de una importante multinacional. Carmelo le da la mano mientras piensa si su atuendo le aleja o no del extraño visitante. El hombre de negocios no piensa en ello, esperaba lo que ve: alguien aún joven vestido a la vieja usanza del jersey y los pantalones cómodos, de cabello nada posmoderno sino más bien de calvicie alborotada, esa curiosa conjunción de piel craneal y pelo raro de algunos hombres que trabajan a contracorriente. El tipo presenta su petición sin demasiados preámbulos. Matemático de formación, como publicitario está dando vueltas desde hace tiempo a un aspecto estadístico que cada vez le parece más relevante en su trabajo: la publicidad empresarial, los objetos que su multinacional regala una o más veces al año a sus clientes importantes y a sus colaboradores y trabajadores es cada vez más rutinaria. Recientemente ha visto algunos de los objetos de Osoxile destinados al regalo de empresa y es justo lo que busca: el alto ejecutivo cree que es el momento de introducir el afecto en sus regalos. Eso es lo que quiere del taller de Hernando. Lo que durante los últimos años Osoxile el contrabandista ha pugnado por integrar en el mundo de la mercadería cultural y de las imágenes corporativas y objetos de regalo de las empresas, eso que ha costado tanto de entender, ahora llama a su puerta. Osoxile el contrabandista de ideas, usos y afectos.
       
La producción de Carmelo Hernando a partir de 1993 (a partir de los fastos olímpicos de 1992, mire usted por dónde) está guiada por una profundización cada vez más imperiosa del concepto de artesanía y por una necesidad íntima, también imperiosa, de buscar y encontrar respuestas en las imágenes de la historia de la cultura visual a lo largo de los siglos. Huir del presente para poder resistir en el presente. Lo nuevo, lo contemporáneo, es el resultado, los objetos que Carmelo inventa; pero su inspiración visual procede cada vez más de los tiempos remotos, de cuando el artista y el artesano se confundían en un todo colectivo al servicio de mecenas y patronos con ideas claras y, si había suerte, respetuosos con los procedimientos creativos. No siempre había suerte, claro; también escasea ahora. Pero hoy, en la era de la posmodernidad, eso que no es una moda sino una lógica cultural, la suerte no reviste la cara de los patrones comprensivos y cultos, sino que puede vestirse con los hábitos de las exigencias de un mercado cada vez más histerizante, cada vez más necesitado de artefactos vendibles o representativos de la imagen de las marcas comerciales. Un apetito insaciable. Y, al tiempo, un campo abierto para los contrabandista de ideas y de usos. Brechas de la posmodernidad. El mercado necesita tantas cosas, esta tan orgulloso de sus inventos tecnológicos, que no puede poner vallas al campo abierto. Y aquí tenemos a nuestro hombre, que se aterroriza ante la palabra posmodernidad, produciendo artefactos culturales basados en la historia (eso que la posmodernidad aborrece) e introduciéndonos de contrabando en los intersticios de la posmodernidad.

Veamos cómo funciona el método. La Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de Barcelona, organismo añejo donde los hubiere, quiere renovar su imagen corporativa. Algo serio pero de diseño. El edificio se construyó a lo largo de seis décadas del siglo XVIII, una época que a Carmelo le apasiona. Se pone a investigar y a documentarse sobre la arquitectura del palacio, el más monumental de la Barcelona ochocentista. Lo mira con ojos de hoy, es decir, mira la decoración y las pinturas que, de tantos años como llevan en sus paredes, ya nadie ve. Encuentra y recopila las diversas imágenes de Mercurio, dios del comercio y de los viajes, que el edificio alberga tanto en escultura como en pintura. Investiga sobre Pere Pau Montaña, el decorador más famoso de la Barcelona de la época, y los otros artistas y artesanos que trabajaron con él en la Cámara.

Del majestuoso cuadro (245 x 200) de Montaña que decora el despacho de la presidencia de la Cámara, extrae, como colofón de su minucioso análisis, la figura de Mercurio. La hace reproducir en bronce y en miniatura y la coloca sobre una placa de madera de uso corriente. La placa será la tapa de la caja, también de madera corriente, que constituirá la primera apariencia del objeto de regalo que propone a su cliente. La caja que protege a Mercurio se abre, la tapa se convierte en pedestal y el Mercurio de Montaña vuelve desde el siglo XVIII hasta nosotros, al alcance de la mano. Dentro de la caja, un pequeño y primoroso folleto informa de los detalles de la construcción y decoración de la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de Barcelona, una divulgación histórica concreta y precisa que va seguida de una documentada orientación del mito de Mercurio, el Hermes griego rebautizado por los romanos. Explicaciones breves y ajustadas, según la tradición de lo enciclopedistas, que se cierran con los últimos versos de uno de los Himnos homéricos, sobre cuya datación exacta aún trabajan los helenistas contemporáneos.

En una caja de madera corriente se esconde, pues, una imagen que es copia exacta del siglo XVIII, una lección precisa sobre la construcción de uno de los edificios emblemáticos de Barcelona y los referentes indispensables de la tradición mercurial desde la Grecia antigua. El cliente había pedido un objeto adecuado a los tiempos de hoy y está satisfecho. No esperaba tanto dentro de la caja. De contrabando (“Cosa que se hace contra el uso ordinario”, Casares dice), el Mercurio introduce mucho más de lo que el destinatario del regalo había recibido hasta ahora: recibe ideas y contacto con el pasado visual. Recibe, en definitiva, algo indispensable para que la caja exista: afecto, el cariño sin el cual el diseñador no habría llegado a la idea ni tomado contacto con ese pasado visual que ahora, gracias al objeto final, vuelve a ser visible.

En las tiendas de museo, parecerá que el contrabando cultural y visual estaría más ajustado a la institución. Graso error. La mayoría se están caracterizando por su falta de respeto al cliente en lo que a objetos extraídos de sus obras de arte se refiere. Incluso en los grandes museos de París y Londres, por ejemplo, el muestrario es rudimentario, relacionado exclusivamente con la ornamentación personal (pañuelos, joyas...) o con agradables útiles caseros (cajitas decoradas, lápices, libretas, piezas imantadas para puertas de nevera, puzzles...). Desde hace poco, no obstante, algunas piezas sobresalen. Es el caso de la Fundació Joan Miró, también en Barcelona, o de la tienda de la Universidad de Salamanca. El contrabando procede, claro está, de Osoxile. En la Miró encontramos El pavo de Mallorca, figurita de arcilla y pintada, uno de los tesoros del arte popular mallorquín que Miró coleccionaba y que, transformada por su personal abecedario pictórico, puebla más de una de sus telas y de sus cerámicas. Ahora es también es una pieza en una de las cajas de madera corriente que, al abrirse, se posan ante nuestros ojos y nos invitan a relacionar el arte de Miró con la cultura popular, algo que los especialistas conocen pero que la estructura megalómana que envuelve el arte y su divulgación no siempre sabe hacer evidente la emoción estética ante la contemplación directa de las obras.

En la Universidad de Salamanca, el trabajo de transformación de toda la imaginería de relación con el usuario es de largo alance. El Cielo de Salamanca, la bóveda de la antigua biblioteca, realizada en 1473 y trasladada al Museo Universitario en los años cincuenta, ha servido de inspiración para extraer un objeto nuevo, centrado en la constelación de Virgo, de bellísima factura, que facilita el acceso a la historia de esta obra magnífica y discutida. Otra figura que cobra vida en reproducción hiperrealista es la figura masculina para la práctica de la anatomía, datada del siglo XVI, probablemente la primera figura completa, genitales incluidos, con la que los aprendices de médicos contaron en España. Son objetos siempre acompañados de la documentación histórica y estética que Hernando realiza para llegar a la conclusión de que esas imágenes son las más pertinentes para acercar lo sepultado por la tradición al presente.

Me resisto a escribir las palabras “cliente”, “consumidor”, e incluso “visitante” o “curioso” para referirme a las personas que compran los objetos así concebidos y puestos en circulación. Por supuesto que para el mercado son, somos, clientes, consumidores. Pero me gusta creer que todos aquellos que dialogamos con las depurada artesanía conceptual de Carmelo Hernando, con sus artefactos pensados y realizados para sabotear la barbarie elemental del consumo cultural, somos también copartícipes de su contrabando de ideas, usos y afectos. Él recicla la historia visual, nosotros podemos ser sus cómplices.


© MERCÈ IBARZ
© Fundación Caja Rioja
Logroño, 1998
I.S.B.N. 84-89740-13-5
D.L. LR-247-1998